1

Érase que se era
un dragón muy despistado.
De tan despistado que era
siempre andaba extraviado.

Un día que se perdió,
en el bosque de las hadas,
a un enano se encontró
que le llamaban Tragaldabas

Tragaldabas tenía hambre,
como era costumbre en él
e iba cantando enfadado:
-¿Quién podrá darme de comer?

El dragón muy despistado,
sin verlo lo rebasó,
hasta que escuchó un alarido
tan bruto que lo sobresaltó.

-¡Maldito dragón despistado!
¡Me has pegado un pisotón!
Si no fuera porque tengo hambre
me vengaría ¡Por mi honor!

-Lo siento- dijo extrañado,
el gigantesco dragón,
al ver como un enano osaba
alzarle sin temor la voz-

Soy un dragón despistado
y siento haberte dado un pisotón
pero no han derecho a que me hables
en ese tono bravucón.

No olvides que eres enano
y yo un gigantesco dragón
y te puedo lanzar una llama
y dejarte hecho un tizón.

-¡Caray con el dragoncito!-
murmuró Tragaldabas.-
Hay que hablarle despacito
no vaya a ser que el maldito
me suelte una buena patada.

-Estimadísimo dragón,
se presenta Tragaldabas,
el enano más tragón
pero de buen corazón
y amigo de todas las hadas.

El despistado dragón
quiso a su vez presentarse
pero su memoria falló
y aunque lo intentó e intentó,
de su nombre no consiguió acordarse.

-¡Menudo un problemazo
que tiene este dragón!
No acordarse de su nombre,
ni del lugar donde nació.

Amadísimo amigo,
creo os puedo ayudar.
A cambio de mis servicios,
este manjar me habréis de asar.

-Querídisimo Tragaldabas,
¿es acaso eso verdad?
¿Me acordaré de mi nombre
de mi origen, de mi hogar?

-¡Eso está hecho, muchacho!
No olvides que soy genial.
Utilizando mis contactos,
nada me puede fallar.


                2

Y Tragaldabas se frotaba las manos
saboreando ya el manjar
mientras llamaba a gritos
al inspector del lugar.

Una hormiga muy ufana,
muy pequeña y muy sagaz,
se presentó ipso facto
y se prestó a colaborar.

-¡Soy de la policía!
Inspector para más aclarar.
Jamás se me escapa nada
de lo que sucede en este lugar.

Tragaldabas y la hormiguita
cuchicheaban sin parar.
El dragón despistado,
afinaba el oído para escuchar.

Cuando acabó el parlamento,
el inspector a todos saludó,
llevándose la mano a la frente
y en un periquete desapareció.

-¡Todo está arreglado!-
Tragaldabas declaró-
Dame solo unos minutos
y aunque no te lo creas mucho,
tu problema se acabó.

-¡Es estupendo, genial!
gritaba el dragón despistado-
¿Qué pócima inventará,
o que conjuro formulará,
o a que magia invocará,
para que este agradecido dragón,
de una sola lección
deje de ser despistado?

-¡Tragaldabas en acción
es de lo mejorcito del barrio!
Acerca tu cuello a mi
y verás como por fin
tus dificultades habrán terminado.

Así lo hizo el dragón,
expectante y emocionado,
aguardando por la magia
que le había asegurado.

Mas nada de magia brotó
de manos de Tragaldabas
y lo único que pasó
es que al cuello le colgó
una placa de hojalata.

-¿Qué es esto? -gritó el dragón
espantado por el colgante-
¿Es esta la solución
de este enano repugnante?

-Así es, señor dragón.
La hormiguita me ha contado
que tu nombre es Ramón
que provienes del Japón
y todo está ahí apuntado.
-¡Esto no es magia ni es nada!
¡No pienso hacerte un asado!
¡No recuerdo como se hacen las llamas!
¡ Aun sigo siendo despistado!


Y así se marchó Ramón,
abandonó el bosque de las hadas
en dirección a Japón,
con una placa en el corazón
e insultando a Tragaldabas




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