El tiempo hablará
Amanece en Zaragoza cuando arranca
el AVE, la cúpula dorada del Pignatelli se aleja mientras
pienso que mi jubilación se adelantará en forma de cese y
eso me da la alegría que acompañaba mis travesuras de
niño. No creo que mi breve discurso de la tele favorezca un
cambio histórico, aunque quizá haya encendido otras llamas
como la mía. El paisaje de Aragón pasa vertiginoso, igual
que mis recuerdos y mis reflexiones sobre el mensaje enviado
hace dos siglos; recapacito sobre el rey deseado y traidor, sobre
la herida de Goya y lloro por los perros que la revolución
ha devorado, por tantas esperanzas muertas, lloro por el
maestro, por todas las Julias Monzón, pero sobre todo, lloro
por mí.
Nunca he entendido por qué al
despertarme recuerdo casi todos mis sueños y pasado un rato
me resulta imposible rescatar una sola imagen, como si la
ducha me los arrancara para acabar perdidos en el remolino de
la bañera. Ayer fue distinto, las sensaciones que me
acompañaron en la noche persistieron durante el día, por
eso, aunque me negué a considerarlo, yo sabía que eran la
señal de algo importante. No es insólito que soñara con
Goya la víspera del bicentenario si tenemos en cuenta que había
pasado la jornada rehaciendo el discurso del día siguiente y
que toda mi vida ha sido dedicada al estudio de su obra.
Para explicar la pesadilla he de volver dos años atrás,
cuando vine a Zaragoza para iniciar los preparativos de la
exposición del 2028. En otro momento me hubiera sentido exultante
como comisario de la muestra, pero entonces me consideraba un aburrido archivador
de datos y me preguntaba si existiría algo capaz de hacer
ese hito más especial que los anteriores. Le transmitía al
alcalde estas preocupaciones, cuando sonó mi teléfono de
bolsillo de donde emergió una voz atropellada:
«Hemos hallado dos goyas en la iglesia de Mallén, tienen
que venir a verlos».
Me escabullí como pude sin dar importancia al asunto y
calmé la curiosidad del alcalde con una vaga explicación
sobre la goyamanía que el bicentenario iba a despertar en
los dos años que restaban. Parece - le dije - que en todos
los pueblos de Aragón tienen una pieza del maestro, pero
durante mi vida he visto más goyas falsos que auténticos y mucha
obra mediocre sin otro valor que la firma de un genio.
No me preocupé del tema durante todo el día en el que
anduve paseando la memoria. Era inevitable, las calles de mi
ciudad me despertaban imágenes y olores olvidados, desenterraban
mis recuerdos de estudiante, ilusiones que se resistían a
morir y proyectos no cumplidos. Mientras tomaba café en la
Plaza de Santa Cruz vi lo que llamo un "fogonazo",
era la cara de Julia Monzón - a veces veo el rostro de
alguien en quien no pienso a menudo e inevitablemente me
encuentro con esa persona, quizá a los cinco minutos, o a
los diez días-. No había pensado en Julia desde hacía
años, pero si de algo estaba seguro es de que la iba a ver
en breve.
Temía a cada paso toparme con algún compañero de
entonces que se mofara de mi cambio, por eso, cuando la
encontré me puse en guardia, sin imaginar que iba a negarme el
saludo. Pensé que no me había conocido -los dos estábamos
más viejos- la llamé, le expliqué quien era y su única
reacción fue una mirada inexpresiva mientras yo recibía una bofetada
de cierzo en lo más hondo. No, no me sentía orgulloso de haber saltado
del tren, de volver la espalda a la utopía, ni de estar
próximo a jubilarme como catedrático y responsable del
Salón Goya-2028, financiado por el neoliberalismo que tanto
aborrecí y luego toleré, podía afrontar bromas y
críticas, pero no el desprecio de Julia Monzón.
Al día siguiente, las llamadas acerca de los supuestos
goyas consiguieron rescatarme de la melancolía y me importunaron
el almuerzo con Orosia Fortéa. Fue ella - mi vieja amiga y
hoy consejera de cultura - quien con un entusiasmo contagioso
me arrastró a inspeccionar las telas sin que pudiera
disuadirla como había hecho con el alcalde; Orosia seguía
con el don de no escuchar y en su coche nos fuimos esa misma
tarde a Mallén.
Se trataban - como suponía - de dos obras religiosas en
las que el artista no había derrochado talento. Ni al más
fanático le interesarían - les expliqué- además no tienen firma,
pueden ser de cualquiera de sus imitadores. Pero mis
argumentos no minaron el buen ánimo de la consejera que se
mostró intrigada por el hecho de que no hubieran sido
descubiertas antes.
.- Verá .- explicó mosén Enedino- los cuadros debieron
estar en el altar del Cristo de las Maravillas, desbaratado
en los disturbios de 1931, no por anticlericalismo, sino porque
se decidió que ese Cristo era un fraude y lo tiraron al
río.
.- Ya comprendo -interrumpió Orosia sin dar muestras de
haberse enterado de nada-
.- Cuentan que ese año se perdió la cosecha por el
pedrisco, se desató una tormenta justo cuando la procesión
atravesaba el puente del Ebro, y ... ¡ Que Dios les perdone aquel
sacrilegio! Claro, ya sin el Cristo, desmontaron el altar y
los lienzos acabaron enrollados en la sacristía vieja.
.- Todo eso es muy interesante -intervine- pero hasta
ahora no ha podido usted probarnos que estén pintados por
Francisco Goya.
.- Fue ayer - prosiguió el cura-, con las reformas
encontramos esta documentación. Y nos tendió un fajo de papeles
enmohecidos: cartas en las que pedían a Luzán que emprendiera
las dos pinturas, la contestación del pintor proponiendo a
un alumno suyo, un contrato en el que Goya se comprometía a
tal tarea y legajos de un pleito en la Audiencia de Zaragoza,
fechados en 1823, donde se exhortaba a don Francisco a cumplir
con el encargo que había cobrado en su juventud. Aquel
montón de documentos fue suficiente para conmover a Orosia
Fortéa, para quien eran prueba irrefutable de autenticidad.
Yo me mantuve prudente, aunque las fechas permitían
deducir que, de ser originales, al menos una de las dos obras
no era de su primera época. Efectivamente, una mirada con detalle
me convenció de que aquellas pinceladas, casi brochazos como
de acuarela, correspondían a las postrimerías del pintor;
lo sorprendente fue que bajo esa delgada capa se adivinaba
con claridad una figura cuyo relieve afloraba a la
superficie, por lo pronto dos ojos terroríficos se asomaban
por encima de la cabeza del Cristo.
Es el diablo - sentenció convencido el párroco-
¡Hombre, no fastidie! se trata de un «pentimento»,
eso podría probarnos su legitimidad, pero tendría que hacerle
radiografías para ver si realmente tiene interés-.
Ya lo creo que era interesante, en
los laboratorios del Prado comprobamos que la figura oculta
era nada menos que Cronos o Saturno devorando a sus hijos,
con lo que se confirmaba una vieja hipótesis: la obra del
mismo tema que tenemos en el museo era sólo un boceto
preparatorio y la pintura original había acumulado polvo durante doscientos
años en la sacristía de Mallén, sin que aún haya podido
explicarme ese despropósito.
El apasionamiento de Orosia Fortéa no era nada, comparado
con el estado enfebrecido que me invadió durante varios
días. En mi juventud había realizado un estudio sobre la interpretación
admirable que del mito del tiempo pintó Goya; a mis ojos,
decía más que Bergson, o cualquier otro que hubiera
disertado sobre el paso de las horas; pero él había querido
decir algo más profundo con ese dios que devora a su descendencia. Siempre
he creído que no hay nada más lejos de don Francisco que el gusto
morboso por lo deforme y si su sátira social tiene fines
educativos, me preguntaba qué enseñanza quería
transmitirnos. Esa fue la obsesión que ocupó mi mente
durante mucho tiempo, sólo importunada, de cuando en cuando,
por el rostro de Julia Monzón.
Le ahorraré al lector la batalla librada en torno al
cuadro entre la Diputación y el Arzobispado, de cómo fue adquirido
por un banco al que convencí sobre la necesidad de
sacrificar la pintura externa para acceder a lo que yo sabía
era una obra maestra que, si no me equivocaba, iba a ser la
estrella del bicentenario. La operación se realizaría en el
mismo laboratorio, deberían eliminar varias capas de barniz
antes de someterlo a una intervención para despojarlo de la
pintura externa que, dicho sea en mi defensa, no hubiera
pasado a los anales del arte. Iban a ser cuatro meses de trabajo
minucioso y emoción contenida.
A estas alturas de la historia viajaba a Zaragoza casi
todas las semanas y la imagen de Julia, lejos de disiparse,
había ganado tanto espacio en el lienzo negro de mi imaginación que
ya desplazaba a Saturno y al mismísimo Goya. No tenía otra
opción que afrontar el desafío y un domingo al buscar sus
apellidos en la guía telefónica, encontré a un hermano que
vivía en la misma calle donde la había visto dos años antes.
Jorge Monzón pareció extrañado de que preguntaran por
Julia, cuando abandonó su hermetismo me confesó que su
hermana no estaba bien, que había perdido la memoria, que no
conocía a nadie y que ni siquiera era capaz de reconocerse
en un espejo.
.- Padece síndrome de Korsakoff - me dijo- si usted la
conoció sabrá cuánto abusó del alcohol.
El hermano se interesó por mi identidad y al darle mi
nombre pareció alegrarse:
.- ¡Ah! el de la exposición. No sabía que Julia fuese
amiga suya.
Me invitó a su casa, por ver si ella recordaba algo, pero
alegué la cantidad de trabajo pendiente y, no sé por qué,
le ofrecí venir a la inauguración.
.- Sería maravilloso -contestó sin creerlo del todo-
llevaré a Julia, aunque la pobre no recuerde nada al día siguiente.
Después de colgar seguí pensando en la mujer que
representaba la parte no integrada de mi pasado y que reclamaba
con vigor un lugar en mi memoria. Junto a ella, junto a muchos
otros, viví los acontecimientos de la primera década de
este milenio, cuando el desencanto hizo renacer neofascismos
e integrismos que amenazaron de muerte a la democracia.
Fuimos tantos los que luchamos en dirección opuesta, era
tanta nuestra razón, que no pensamos en el fracaso. No es
necesario que relate lo que cualquiera conoce, todos miramos
hacia otro lado al recordar que esa fuerza y esa esperanza se depositaron
en manos de quienes iban a traicionarnos. En nuestro país
fue el Movimiento de Regeneración del presidente Boladera,
en cada lugar fueron unas siglas y debajo de todas estaba el
liberalismo despiadado y la deshumanización. Hoy votamos con
tarjetas electrónicas, pero sabemos que bajo esa ilusión no
hay libertad, no decidimos nada y la represión es tan sutil,
que han convertido a cada ciudadano en un espía del otro.
Muchos perdieron su trabajo o no pudieron retomar sus
estudios, invirtieron toda su energía en el proyecto para
ser barridos por el maremoto que los tiró abandonados en la playa
de la decepción como los restos de un naufragio. Otros
aprovecharon su carisma y aceptaron puestos públicos - mi
amiga, la consejera es un ejemplo-. Otros, como yo, salimos
de escena y continuamos nuestra actividad, en mi caso en la
torre de marfil que representa la Facultad y el Museo. Todos
hemos pagado un alto precio, como traicionados o como
traidores forzados; ninguno como el de Julia Monzón, incapaz
de resistir el embate, condenada a que su memoria se borre
cada día para aliviarle la tragedia. Todos hemos sentido el
sabor amargo de la desesperanza y el dolor de vernos condenados
al conformismo.
Mc Dougall, técnico restaurador, me
telefoneó de madrugada, se trataba de algo sorprendente
-traduje su mal castellano con mi deficiente inglés- temí
lo peor y me personé en el museo. Al recordar el impacto que me
produjo vuelvo a sentir el mismo escalofrío; la figura casi
desvelada no era el Cronos que habíamos sospechado, era el mismísimo
Fernando VII personificando la locura, no despedazaba a sus
hijos, sino a cuatro perros y su capa roja se confundía con
un charco de sangre. El especialista me señaló la parte
inferior de aquella horrible escena donde se leía una
leyenda: «El tiempo hablará» - recordé que era el
título de uno de sus grabados-.
.- No entiendo nada -repetía el escocés, que era un gran
técnico, pero un ignorante en cuanto al maestro de Fuendetodos-
¿Por qué se come a los perros?
Permanecí en silencio en un esfuerzo de dar la
explicación que pedía hasta que un chispazo iluminó mis
zonas oscuras y comprendí los miles de datos sueltos de mi cerebro.
.- El perro simboliza obediencia y fidelidad - contesté
como si me dictaran - ¿Se imagina a un ciego matando a su
lazarillo? ¿Puede concebir a un cazador que tras una mala partida
se coma a sus perros? Ese es nuestro Fernando. El cuadro de
Saturno simboliza cómo el tiempo devora las horas, en este
va más lejos, el rey era la esperanza de los liberales, de
los ilustrados y traicionó a todos, a su pueblo, a su pintor
de cámara, disipó, en fin, todo atisbo de libertad.
Nunca comprenderé a los españoles - sentenció Mc
Dougall a modo de despedida-
Frente a la espeluznante figura me pregunté por qué
Francisco Goya la ocultaría, era claro que la pintura final servía
sólo de protección. Quizá tuvo miedo de ser descubierto y
por algún motivo se negaba a destruirla, yo me quedo con la
pista que da el título: quiso dejar que con el tiempo la
alegoría aflorara desde el túnel de la memoria como un fantasma
para que alguien la descubriera y diera a conocer lo que probablemente
sintió ante el fraude, la traición y el exilio.
Cuando finalizaron las labores de restauración quedaban
dos meses para el evento y como suponía, el óleo inédito
no sólo era su figura principal, sino que arrastró a otros de colecciones
privadas, de la Academia de San Fernando y de Museos de medio mundo. La
Cartuja iba a abrirse -por fin- sin restricciones, el
ministro de cultura confirmaba su asistencia y la reina
presidiría los actos. Por mi parte, me jubilaría meses
después con un brillante historial y aún mejor cierre, todo
hubiera sido perfecto de no haber mediado aquel sueño que dio
al final de mi vida un carácter totalmente distinto al que
yo tenía planificado.
Ayer, día de la inauguración desperté como en mis
peores mañanas de resaca, traté de racionalizar mi sueño mientras
me quitaba los tapones de los oídos. ¡Claro! ¡Los malditos
tapones! No tenía costumbre de usarlos, pero la habitación
del hotel daba a una avenida ruidosa y con los nervios no
podía dormir. Eso lo explicaba en parte, había leído que
al suprimir los estímulos de los sentidos ocurrían cosas
extrañas; cuando me introduje en la cama no oía, ni veía
nada, solo notaba un zumbido dentro de mi cabeza y reí al
pensar que así debía sentirse el sordo de Fuendetodos. De
lo que pasó luego, sólo recuerdo que pintaba un lienzo
enorme, después era el maestro quien pintaba sobre mí; si,
estaba prisionero dentro de la tela; en el cuadro entraron tres
perros y apareció detrás de mí el presidente Boladera que
se tragó a los canes mientras con una sonrisa ensangrentada
me decía, emulando al Cíclope: «A ti te concedo el honor
de ser el último en morir». Por más que lo recordaba
fríamente mientras bebía un café tras otro, no podía
evitar el estremecimiento de esa última escena.
Ya despejado, bajé al vestíbulo del hotel y envié un
fax con el discurso que iba a leer esa tarde. Un discurso demasiado
técnico -pensé- ¿Pero qué otra cosa iba a decir? A media
mañana presentamos a la prensa la obra rescatada, nadie
quedó indiferente cuando retiraron la tela que la ocultaba;
ni siquiera quienes estábamos acostumbrados a verla; durante
media hora no pudimos evitar que fuera sometida a un bombardeo
de flahses, después nos dispararon cientos de preguntas a
los organizadores. En medio de la borrachera hasta llegué a
sentir orgullo cuando advertí la presencia de emisoras extranjeras,
el trabajo de tres años comenzaba a oler a éxito.
La posibilidad de que Julia asistiera a los actos me
inquietó, pero era tal la cantidad de trabajo que durante las
horas previas desapareció su rostro de mi cabeza. Tras el almuerzo,
la exposición quedaba inaugurada con un recorrido por sus
sedes: en la Lonja, en el Pignatelli, en Aula Dei, en el
Museo Provincial y en el recién restaurado Palacio de Morata;
la Reina cortó las cintas y se abrieron las salas para
doscientos elegidos, sólo restaban los discursos y las
ceremonias habrían finalizado.
La Sala de la Corona del Pignatelli estaba a rebosar
cuando la Reina dio la palabra al Ministro y al banquero mecenas,
inevitablemente, pronunció mi nombre y mis piernas se dispararon
en un temblor. Yo sé bien que no era miedo de hablar en
público, aunque no pueda explicar muy bien qué ocurrió.
Del discurso que había pasado a los medios pude leer
únicamente el encabezamiento: «El tiempo hablará»
-pronuncié con voz trémula para quedarme luego en
silencio-. Recuerdo al público como una masa homogénea, igual
que las pinturas negras, y un rostro brillaba por encima de todos,
el de una Julia Monzón lúcida y expectante.
No pude decir otra cosa que lo que dije, siempre he
lamentado no haber hecho nada en su momento porque las
circunstancias me lo habían impedido. Caí en la cuenta de que una
emisora retransmitía en directo, de que tenía una audiencia
privilegiada y, ante la leyenda que da nombre al cuadro,
sólo pude dejar que el tiempo hablara. Reventó el muro de
mi memoria, nombré a quienes nadie quería recordar, hablé
de los perros sacrificados, de la historia que se repite y de
que siempre hay un puñado de utópicos soñadores gracias a
los cuales este mundo no ha parado de girar. Un panfleto
barato -dicen los periódicos de esta mañana-, como demencia
senil, justifican esas escenas aparecidas en televisión,
pero hoy, dieciséis de abril del dos mil veintiocho ha
parado la angustia que apresaba mi estómago desde hacía
nueve años.
Aproveché la confusión de reporteros que se dirigían al
ministro y al presidente, para escapar hacia Julia y su hermano,
con ellos contemplé el lienzo por última vez.
.- ¡Que no devore a todos! ¡Ese blanco tiene que ladrar
fuera del cuadro!- sentenció Julia, señalando al único
perro intacto que observaba la escena desde un ángulo-. No pude
evitar abrazarla, porque esa frase sencilla reavivó en mí
la confianza, volví a sentir que el futuro existe, volví a
sentir la fuerza contagiosa de la Julia que yo recordaba.
| © Santiago Gascón. | El tiempo hablará Lema: Paco Lucientes y Manolo Korsakoff. |