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La obra que Zachrisson realiza durante la década de los años sesenta atiende a su compromiso con el ambiente vivido. El conocimiento de la realidad social latinoamericana y el contacto, a partir de su llegada a Madrid en 1961, con las condiciones que la dictadura española impone apenas dejan resquicios donde poder respirar aires de libertad. En consecuencia, las críticas se dirigen contra la cerrazón de ideas y la intransigencia a través de la puesta en escena de comportamientos denunciables por su hipocresía. La violencia del claroscuro y la precisa línea caligráfica son los principales recursos expresivos creadores de este mundo imaginario poblado por seres deformados en su fealdad y miseria o como prolongación de su autoritarismo. En esta etapa son frecuentes las citas a los grandes maestros por los que Zachrisson siente devoción: Goya, Picasso, Mantegna o Velázquez, sin olvidar su admiración por los expresionistas alemanes. Las estampas Vernissage, Enanos, Bruja, Carnicero, Duende o las magníficas series de Los Habitantes, Icaro, Retratos, Toros volanderos o La Puerta nos muestran un territorio tomado por seres monstruosos en actitud amenazante. Privados de libertad, los humanos ocupan un espacio mínimo cuando no se metamorfosean en los dominadores de su sueños.
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